Marc ATEMPORAL
La casa en Nueva York, de Marc Jacobs es un tratado del buen gusto plagada de exquisiteces y provocaciones sin igual.
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Estilismo: Michael Reynolds

A Marc Jacobs le gusta provocar. Los que han seguido sus tres décadas de carrera como diseñador de moda, en las que subió la estética grunge a las pasarelas y puso patas arriba con color y humor a la tradicional Louis Vuitton, incluida su estelar aparición vestido con encajes transparentes sobre unos boxers blancos en la gala del Costume Institute del MET, o su defensa incondicional de la falda masculina, lo saben de sobra. Probablemente esperaban que su casa en el Greenwich Village de Nueva York fuera irreverente, iconoclasta o, al menos, y a falta de una palabra mejor, algo funky. Todo lo contrario. Está impecablemente compuesta y comisariada.

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Las cuatro plantas del edificio son un tratado de buen gusto clásico que recuerda más al mítico departamento de Yves Saint Laurent en París que a su propio credo estético. “No soy bueno siguiendo un mismo estilo. Lo único que busco es vivir rodeado de cosas que me gusten, como los muebles art déco, las piezas de los años 70 y el arte contemporáneo. Dicho esto, no quería que mi casa pareciera una galería inmaculada o un set de decoración, sino un lugar cómodo, inteligente e ingenioso’’. Cuando compró la casa, en 2009, el espacio estaba en bruto, intacto. Los interioristas Thad Hayes, primero, y John Gachot y Paul Fortune, después, rehabilitaron la mansión y lidiaron con las impulsivas adquisisiones de su dueño. Como buen junkie del diseño, Jacobs ha peinado las mejores casas de subastas y anticuarios de todo el mundo para mezclar iconos tan codiciados como los monos de bronce de François-Xavier Lalanne.

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“Los vi en Vogue y necesitaba tenerlos. Llamé a la galería Paul Kasmin a Sotheby’s y a la coleccionista de arte (y musa de Warhol) Jane Holzer; ella me presentó finalmente a los Lalannes en París”, comentó Jacobs. Historias similares rodean las adquisiciones de los taburetes de bronce de Diego Giacometti, la mesita de Pierre Chareau y el sofá de Jean-Michel Frank que, por cierto, lleva tatuado en el pecho. El arte es también espectacular y deja clara su pasión por las obras femeninas. Además de una de las mujeres de la serie Mädchen im Sessel, de Gerhard Richter, un retrato de Jaqueline Kennedy firmado por Andy Warhol; Sofía Coppola vista por Elizabeth Peyton; las sirenas de John Currin y una de las enfermeras de Richard Prince lo atestiguan. Incluso en la obra de Edward Ruscha que preside la entrada se lee: “She gets mad at him”.

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Aunque la conexión entre estas piezas y el hecho de que su propietario sea uno de los zares de la moda femenina parece obvia, él la niega. “Aunque en temas de arte lo que uno ve es perfectamente legítimo, da la casualidad de que me gustan esos autores”, explicó. Todo ese esfuerzo se concreta en una mansión que su dueño describe como un refugio desenfadado donde él y su bull terrier están a sus anchas. “De vez en cuando, Sofia (Coppola) y yo planeamos cenas adultas. Nos vestimos bien, sacamos la cubertería de plata y nos hacemos servir un menú de varios platos. Es lo más cool que hacemos”. Quién iba a pensar que el mayor provocador de la moda pudiera ser al mismo tiempo el rey de la sutileza.