• Casas
  • Hilary Rose
  • 29|04|2014
La casa de la ópera
Cuando no tiene presentaciones en alguna sala de conciertos, el tenor Andrea Bocelli regresa a su hogar, un antiguo hotel en la Toscana.
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Por lo general, los ricos y famosos no eligen vivir junto a avenidas ruidosas, pero a Andrea Bocelli le gusta confundir. El tenor –artista clásico con mayores ventas en el mundo, con 80 millones de discos vendidos– vive en Forte dei Marmi, un resort junto al mar cerca de Pisa. Como la mayoría de los hoteles ubicados a pie del mar, esta zona es muy tranquila gran parte del año. Bocelli, de 54, su esposa Veronica Berti, de 30, y su hija de un año, Virginia, tienen este espacio idílico sólo para ellos. Y así es exactamente como le gusta a Bocelli.

“Podría vivir en cualquier parte del mundo”, admitió, vestido con su característico estilo europeo chic con saco de lino, foulard y mocasines blancos, “pero nací y crecí en la Toscana, y eso es lo que me gusta. Además, sentí que era muy importante para mí vivir junto al mar”. Afligido por alergias y glaucoma durante la infancia, Bocelli quedó ciego después de un accidente a los 12 años, y cree que el aire marino le hace bien a él y a su voz, pero admite que preferiría vivir en el campo.

Se trata de una villa enorme, en una calle de mansiones lujosas, detrás de muros altos y separada de la playa por el camino principal que conduce al pueblo. Las habitaciones de la casa, que data de finales del siglo XIX, están distribuidas en tres pisos. Son recámaras magníficas que presumen techos a doble altura; sin embargo, al ingresar a ellas se siente calidez. Es un hogar, no un sitio para presumir. Los perros entran y salen corriendo de la cocina, en donde la cocinera prepara la comida sobre una amplia mesa de madera gastada.

En la sala, un álbum de fotografías de la familia descansa junto a una charola llena de botellas de licor fino; hay un piano de cola que le regaló un amigo y fan chino. En la terraza, la sillita de Virginia y una vaca de plástico verde posan orgullosas entre las antiguedades y los tapices.

Antes de que Bocelli comprara este edificio para hacerlo su hogar, había sido una pensión que estaba en pésimo estado. Por suerte, su hermano es arquitecto, pero de todas formas... “La compañía constructora hizo el trabajo lo más rápido posible considerando que estamos en Italia, pero aún así, nos pareció una eternidad”, aseguró el tenor.

Aunque compró la casa en 2001, no se mudó hasta el año 2004. ¿Qué tanto se involucró en el proceso de construcción y en la decoración? “Nada, pero ¡económicamente, bastante!”, sonrió. “Veronica hizo todo. Creo que debemos ser conscientes de nuestras limitaciones”.

En la planta superior yacen las habitaciones cuyos balcones ofrecen una excepcional vista al mar. En la planta inferior, las monumentales puertas de todas las estancias se abren hacia el jardín para dar continuidad al exterior. En él se atestiguan dos porterías de futbol, lo que confirma la presencia ocasional de los dos hijos adolescentes del primer matrimonio de Bocelli. Cuando esa relación terminó en 2001, Andrea le compró esta casa a un amigo.“Solíamos vivir a unos cuantos metros de distancia, y cuando tuve que enfrentar la dolorosa separación de mi entonces esposa, decidí vivir muy cerca para seguir estando junto a mis hijos”.

En esta residencia decorada de manera clásica se grabó gran parte de su último disco Passione. Una colección de canciones populares favoritas, desde La Vie en Rose hasta The Girl from Ipanema, que refleja su ilusión por ser lo que llama “un cantante de amor, no de asuntos políticos”.

El inconveniente de ser un artista que vende millones y millones de discos son los viajes internacionales que se derivan de eso, aunque acepta que tener un jet privado ayuda. Hoy, mientras le toca Chopin a su hija, su maleta yace abierta escaleras arriba, esperando ser empacada para el siguiente viaje. “En realidad soy un tipo casero”, confesó. “Viajar es el aspecto más molesto de mi vida profesional”.

Como es evidente, la música juega un papel central en la casa: desde una vitrina llena de instrumentos antiguos hasta los tres pianos de cola, las baterías, los micrófonos y las repisas cubiertas de premios y discos de oro. El corredor que conduce a su sala de música está lleno de fotos suyas con Plácido Domingo, Luciano Pavarotti, Tom Cruise, George Clooney, Jimmy Carter y el Papa Benedicto. Pero por si se le ocurre volverse arrogante, cuando se sienta a tocar, Veronica Berti le advierte que cuando Virginia suba a tomar su siesta va a tener que mantener las puertas bien cerradas si quiere seguir practicando.

“Mi hija no me cambió la vida más que mis hijos”, aseguró con la indiferencia de un hombre que nunca ha cuidado niños. “Para dedicarle más tiempo a mi hija, tendría que renunciar a mi carrera”. Sus fans nunca se lo permitirían.