• Casas
  • Ana Quiroz
  • 08|09|2014
El lienzo en blanco de Javier Marín
Una espectacular y emocionante pieza arquitectónica ha sido creada por el escultor Javier Marín a las afueras de Mérida, Yucatán.
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Unaa verdadera lección de estética, y un diálogo honesto son las primeras ideas que me llegaron a la mente cuando descubrí el espacio arquitectónico que el escultor Javier Marín ha creado en medio de la exuberante naturaleza que caracteriza las zonas cercanas a la blanca ciudad de Mérida. Luego de un recorrido de 35 minutos desde Paseo Montejo, por la carretera federal que lleva hacia Cancún, se encuentra una discreta puerta de metal que resguarda un pequeño sendero de casi 300 metros de largo por escasos dos de ancho y que conduce a una verdadera escultura habitable de casi 25 mil metros cuadrados de construcción. La sorpresa es inevitable, sólo es posible detenerse y recuperar el aliento para tratar de discernir el sentimiento que se genera al estar frente a una estructura tan monumental y pura. Su potencia arquitectónica obliga a preguntar quién es el artífice de tal proyecto; y para ese momento se acerca Javier en compañía de su hermano Arcadio, quien resultó ser el arquitecto del proyecto, y a quien Javier Marín confió la construcción de sus ideas. “Quería crear un espacio para vivir y tener la oportunidad de continuar con mi labor artística, pero también con la idea de propiciar un intercambio creativo entre artistas de diferentes disciplinas, porque el espacio es maravilloso, y el viento que corre es tan fresco como ideas novedosas. No hay algo más estimulante que recibir el amanecer y la luz tan brillante que se deja ver por estos lugares. Puedo caminar descalzo y meterme a la alberca para refrescarme y seguir recibiendo las bondades de estar tan cerca a la naturaleza”, comentó el artista.

La construcción se realizó con piezas precoladas de cemento y cada una de las columnas tiene una altura de diez metros. Es inevitable hacer referencia a la obra arquitectónica de Tadao Ando, quien ha sido uno de los exponentes más sobresalientes en el uso del concreto. De hecho, Javier Marín tuvo intención de comisionar el proyecto al arquitecto japonés. Sin embargo, decidió explotar su conocimiento sobre el uso del espacio, la proporción y la textura para crear su propia residencia. El proyecto incluye 15 habitaciones, que hasta el momento de la publicación no están concluidas en su totalidad, pero son parte de un programa para impulsar el arte mexicano. “La idea es tener a varios artistas como invitados residentes para que puedan intercambiar ideas, técnicas y pensamientos; podrían estar concentrados al cien por ciento y generar conceptos verdaderamente interesantes. Por eso quería hacer algo amplio, pero muy sencillo, donde no hay ventanas porque el viento tiene que correr, y si llueve pues en algunos lugares se meterá el agua pero no afectará la comodidad ni el sentimiento de libertad que se puede alcanzar en este lugar. Además, quería proyectar algo completamente diferente a la hacienda de mi hermano Jorge, que está justo enfrente y que tiene un estilo más recargado, colorido, con mucho arte y pertenencia local. Me gusta lo que tenemos porque son espacios que se complementan perfecto, pues hubiera sido absurdo hacer algo muy parecido a lo que tiene Jorge; ahora tenemos la oportunidad de compartir espacios y  vivir ambientes diferentes”, aseguró Javier.

Los espacios de la residencia son monumentales, y la construcción parece detener el tiempo, es tan atemporal que nos hace suponer que envejecerá con dignidad. La estructura tiene esa vida social amplia que recuerda el desarrollo de una hacienda mexicana, donde la vida se desarrollaba alrededor del patio central, que en este caso es simbólico pues se trata de un espejo de agua que rodea a la isla (pequeño montículo del terreno original que se conservó antes de que se iniciara la construcción y que sirve como vestigio natural).

La parte íntima se encuentra bajo tierra medio nivel y reduce significativamente su escala para hacer de los espacios algo más cálido y menos imponente. Para Javier, lo suntuoso queda fuera de su idea de residencia, pues busca un espacio muy honesto donde la belleza viene incluso de la imperfección de las tarimas que ha quedado marcada en el techo al momento que se hicieron los colados y que le parecen agradables, además de no romper con su idea de conservar las rocas dentro de las habitaciones, para usarlas incluso como mobiliario. “Uno de los espacios que más disfruto es la parte superior de la estructura, pues los atardeceres son tan coloridos como increíbles y los puedes disfrutar tirado sobre el frescor del concreto”, finalizó Javier Marín.