• Casas
  • Anya Eckbo
  • 08|11|2016
Geometría mexicana
Redescubrimos la nítida modernidad y la abstracción volumétrica de la casa del maestro Teodoro González de León.
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La arquitectura de Teodoro González de León refleja su indiscutible pasión: “Mi verdadera religión es el arte”, declaró. Talentoso escultor y pintor, su casa sobre la calle Amsterdam, en la colonia Condesa, tradicionalmente un sitio de encuentro de intelectuales y artistas, es un oasis de volúmenes unidos en concreto blanco y piedra “Hermosa”, tan geométrico como sus propios cuadros y aquellas composiciones arquitectónicas de cilindros y rectángulos del pintor Fernand Léger, a quien conoció. Un vocabulario de formas cónicas, cúbicas y tubulares, la Casa Amsterdam confirma que la arquitectura es el “arte de la cuarta dimensión, que sólo se percibe en el tiempo”.

Concluida en 1998, la vivienda ocupa un terreno cuadrado rodeado de colindancias altas. Se desarrolló sobre una plataforma elevada a 1.26 metros de la calle, con todos los espacios organizados alrededor de un medio patio, un “concepto muy bello de las casas mexicanas del siglo XIX”. El patio está completamente incorporado al interior, gracias a la continuidad de altura en el piso y la ausencia de cortinas. Cada elemento de la composición adopta una forma distinta para lograr “un ensamblaje de volúmenes”: una bóveda de cañón que atraviesa todo el terreno aloja el vestíbulo, la estancia y la biblioteca y colisiona con el cubo del estudio, un prisma rectangular colocado sobre una plataforma escalonada que esconde el garage y alberga las recámaras, y un cilindro que intercepta la bóveda y aposenta las áreas de servicio.
 

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Predominantemente blanca, salvo por los destellos de color de la colección de libros, la atmósfera inspira serenidad y creatividad. Esta magistral casa fue merecedora del Gran Premio Medalla de Oro en la V Bienal de Arquitectura Mexicana en 1998, Medalla de Plata en la Bienal de Miami Beach del mismo año y mención en la XI Bienal Internacional de Arquitectura en Quito en 2002. Otra de sus obras más emblemáticas es el Museo Universitario de Arte Contemporáneo, en Ciudad Universitaria, en cuya construcción retomó su amor por el arte y la fantástica realización del Museo Rufino Tamayo junto con Abraham Zabludovsky. “Fue una feliz coincidencia para todo lo que había buscado. Creo que aquí se expresan muchas cosas de conocimiento del espacio que necesitan los artistas ”. Teodoro González de León señaló que las necesidades y la escala del arte contemporáneo han cambiado radicalmente, por lo que el museo cuenta con espacios de 12 metros de ancho y alturas mínimas de seis hasta 12 metros. Para concebir su diseño, el arquitecto visitó más de 30 museos en todo el mundo, muchos de ellos en Japón, tales como el Museo Mori y el Museo de Kanazawa.

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La fluidez que existe entre exteriores e interiores por medio de ventanas corredizas de cristal brindan ligereza a la arquitectura que se recrea en la Casa Amsterdam. La entrada brinda un tiro visual que abarca la profundidad del lote. “Busqué que en cualquier lado de la casa se tenga una perspectiva larga para dar una sensación de apoderarse del espacio”. El patio que corre a lo largo de la bóveda de cañón, el cubo del estudio y el rectángulo de las recámaras cuenta con una piscina rectangular; más adelante se observa un cuadro de pasto elevado como un elemento decorativo de vida entre la dureza del cemento, similar a la escultura de agua en el Auditorio Nacional.

Sin duda, pocos arquitectos superan a Teodoro González de León en su manejo de las formas y funciones del patio. Este elemento es una constante en sus obras, pero aclaró que “no como elemento del pasado, me interesa como lugar de circulación que congrega puertas y a personas que cruzan para llegar distintos destinos. El patio es un elemento de distribución. Por naturaleza, es un espacio congregador de valor comunitario y simbólico. En el Colegio de México hay 50 puertas alrededor del patio central: cubículos, centros de estudios, biblioteca, oficinas”. Previamente ubicado en un edificio vertical, la inauguración del Colegio de México, de González de León y Zabludovsky, provocó encuentros entre colegas que anteriormente no se conocían. La manipulación del espacio público era otra de las principales preocupaciones de González de León que nació en esta construcción: “Me di cuenta de que el edificio puede participar y lo puede penetrar”.

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En el INFONAVIT sucedió algo similar. En el Auditorio Nacional, el movimiento de las personas en las rampas, los vestíbulos y en la gran escalinata produce internamente “un espectáculo del espacio público” y simultáneamente presenta el movimiento de la ciudad como espectáculo exterior. “No se sabe si es una plaza cubierta o un vestíbulo abierto, y la realidad es que es una penetración del espacio público dentro del edificio, una cuestión que creo es muy importante para la ciudad”. Amigo y maestro, el sello de Le Corbusier está presente en la obra y conversación de González de León, como en el uso de la bóveda de cinco metros que corre a lo largo de la sala de la Casa Amsterdam. Muchas de las viviendas sin realizar del arquitecto suizo mostraban bóvedas, al igual que la Capilla de Notre Dame du Haut en Ronchamp y su taller de pintura en París, donde González de León laboró durante 18 meses.

El arquitecto mexicano también hace referencia en sus primeras obras a “el modulor”, el sistema de medidas y dimensiones inspirado en la secuencia Fibonacci que Le Corbusier utilizó en obras como la Unidad de Habitación de Marsella, donde González de León participó. Un rasgo que comparten las obras de González de León, además del patio y las formas volumétricas que transforman la arquitectura en escultura, es la escasez de color. En cambio, su trabajo exalta la textura y color natural de los materiales, y permite que la luz sea la protagonista.

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“Le Corbusier decía que la luz revela el espacio y es cierto. Es ahí donde viene la sorpresa cuando se construye. Ver el espacio real, por más que uno se lo imagina, siempre es distinto. Aún con una cosa tan simple como un cubo, al meterse uno se sorprende. Siempre hay que diseñar cómo entra la luz, su manejo es fundamental en la arquitectura. Trabajamos con maquetas, que es básicamente hacer chiquito un espacio, pero la luz no se puede manejar a escala”. Teodoro González de León destacó en el proceso creativo —de obras plásticas y arquitectónicas—, la paciencia y la ardua labor de prueba y error, el trabajo en silencio de Le Corbusier y el continuo diálogo con el cliente. La sorpresa es siempre de este último, pero también del creador. “Es el problema del entronque de la imaginación con la realidad. En la obra plástica, al hacer una escultura se va revelando, pero la arquitectura es muy lenta, se tienen que meter obreros, hacer planos. Para poder ver esa luz tienen que pasar muchos meses, a veces años; por ejemplo, el edificio de Reforma 222, donde tuvimos problemas con el subsuelo, tomó seis años. Es muy lenta la arquitectura; por eso, cuando se construye, uno puede relajarse y suspirar, ¡ahí esta la luz!”, comentó Teodoro González de León (q.e.p.d.)