• Casas
  • Santiago Toca
  • 10|04|2015
Diseño palpitante
Una arquitectura excepcional nos recuerda la belleza y el glamour que posee la mágica bahía del puerto de Acapulco.
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En un proyecto atípico, el arquitecto Manolo Mestre, Juan Collignon y la interiorista Sofía Aspe han creado un lugar utópico para soñar frente de la Bahía de Acapulco. Más que una casa tradicional —comentó Sofía— lo que Manolo hizo es una escultura habitable sobre el mar.  Bajo esa visión, todo el proyecto fluye imitando los movimientos del mar y haciendo uso de dos enormes rocas monolíticas que ya se encontraban en el terreno. 

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Se trata del anexo a una casa ya existente. La idea original, según comentó el arquitecto Manolo Mestre, era simplemente darle a la casa un anexo con lugares de vista y apertura sobre el mar. Una cancha de voleibol fue sumada al proyecto, y los dos megalitos que se levantan como bastiones frente al mar fueron utilizados para recordar el pasado histórico del Fuerte de Acapulco. En el proyecto se exploran ideas verdaderamente originales y fuera de lo común. Se puede afirmar sin riesgo que no hay otra morada igual. Además de la cancha de voleibol, los arquitectos construyeron un comedor y mirador flotante que queda suspendido con vistas de 360 grados sobre el mar.  Por otra parte, la zona del comedor principal tiene como techo un elegante plafón de madera que semeja el vientre de una ballena. Todo en una mímesis con el paisaje inmediato y el mar. Se trata en realidad de un lugar en donde ningún gesto fue reprimido y se le dio total libertad a los creativos para que realizaran su visión. 

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Además de una arquitectura arriesgada y entregada a la imaginación, si hay otra nota que distingue a este sitio fantástico son las obras de arte que lo acompañan, y que se vuelven grandes protagonistas del lugar. Una escultura monumental del artista Hugo Rondinone nos recibe al entrar, la cual yace al frente de una escalera en espiral que la envuelve debajo de un puente que filtra la luz por los costados. El efecto es dramático, pareciera la guarida de un gigante de piedra bonachón que nos invita a pasar. En la planta siguiente, sobre el puente que conduce al comedor suspendido, se postra monumental una escultura en bronce del inglés Tony Cragg. Ésta da la impresión que la erosión de la brisa marina ha formado la pieza. Sus líneas fluyen con el aire y dan una sensación de movimiento y erosión que sólo encontramos en el mundo natural.

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Además de otras piezas que visten las recámaras, la otra gran protagonista es una obra de la norteamericana Marilyn Minter, que ha sido colocada al exterior. El efecto es impresionante.  Una explosión de colores vivos y brillantes en medio de un universo de piedra y madera, todo en color natural.  De hecho, señaló Sofía Aspe que ese fue el reto más importante. “El cliente desde el principio nos indicó que sólo iríamos por colores naturales, en una paleta de beige y arenas, y yo soy mucho más de colores vivos”, comentó Sofía, por lo que decidió recurrir a la riqueza de texturas y materiales para dar movimiento y sensualidad al lugar. Las recámaras, además de tener buena obra de arte en su interior son realmente lugares idílicos para descansar.