• Casas
  • Giorgio Tartaro
  • 30|06|2015
El refugio de Piero Lissoni
Dejamos el mar detrás y escalamos las suaves pendientes de los alrededores de Grosseto, en la Toscana, para descubrir la morada del diseñador italiano.
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Algunos senderos del campo llevan a refugios pacíficos, granjas, graneros y, después, como por arte de magia, hay una colina desnuda con una casa que pareciera haber sido dibujada por un niño, podría decirse que estilizada, en la cima de la colina y mirando hacia el oeste, de color cambiante que recuerda a la tierra de la Toscana.

La luz, la rotación del sol, la brisa y el viento que recorre las colinas son algunos de los elementos que el arquitecto tomó en cuenta. Una casa que es un verdadero manifiesto, como suele ocurrir cuando un arquitecto construye su propio hogar.

Piero Lissoni me había contado antes, con sumo detalle, todo sobre su refugio toscano, pero, como todo en la arquitectura, es mucho más importante ver que describir y, sobre todo, experimentarlo. La tierra local fue mezclada con el concreto reforzado, con el fin de darle al volumen un color único que cambia del rosa al ocre, dependiendo del sol, para integrar el inmueble al paisaje.

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El techo, las diversas aberturas y los accesorios en brise soleil (un verdadero código de barras) juegan de manera casi científica con el puro y extremadamente refinado volumen de esta casa tipo Monopoly. Cabe mencionar que los colaboradores de Piero Lissoni han concebido un juego de Monopoly, con cierta ironía, al que han llamado “Pieropoli”, en honor al propietario.

Todo ha sido estudiado a detalle, desde el tapete que nos da la bienvenida desde el campo hasta el desván y las estructuras metálicas que han sido perfectamente diseñadas para pasar desapercibidas al seguir una línea ideal dentro de un muro, y de esta manera se respeta la pureza de los volúmenes.

Las puertas de vidrio —diseñadas en función de las estructuras metálicas—, las luces de intensidad variable, la escalera de metal que representa una muestra de maestría arquitectónica, los libreros hechos a la medida, la cocina Boffi en la que destaca la cerámica en relieve, el cemento, los muros y algunos ornamentos diseñados por el propio Lissoni son su firma personal. “Fuera de algunas excepciones, como la cocina —sólo hay dos de éstas en el mundo—, quise llenar mi casa con producciones en serie y sólo algunos prototipos”, compartió Piero.

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La vivienda está conformada por espacios al aire libre, un estudio, un cuarto de televisión con un telescopio, un dormitorio en el nivel superior con un generoso walk-in clóset y un baño principal. Los exteriores son de ensueño; la naturaleza es infinita y el campo cambia de color dependiendo del tiempo de riego.

Una parte de la colina (la propiedad tiene una superficie extensa y algunas áreas son de cultivo) ha sido cercada por la seguridad de los perros. La alberca, que tuve la fortuna de utilizar, tiene la forma de una gran pileta y cuenta con un muelle que da hacia el sur, un sitio ideal para tomar un baño de sol. Fuera de la cerca, algunas veces es posible ver ciervos y otros animales, que son los verdaderos dueños del paisaje. 

Lo que más llama la atención, tanto en esta casa como en todo el terreno, es una sensación de minuciosa suntuosidad discreta y de respeto por las proporciones. Mismas que se observan en el rostro de Piero, quien, en cuanto se nos acercó, me preguntó con la voz calma que lo caracteriza: “¿Entonces? ¿Les gusta?” La respuesta es obvia, así como la facilidad de entender y apreciar esta casa-manisfiesto.