• Casas
  • Simon Doonan
  • 22|06|2015
Fiel al estilo
El gurú del estilo Jonathan Adler y el escritor Simon Doonan crearon un hogar modernista que combina con su colorida estética del diseño en Shelter Island, Nueva York.
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Producción: Michael Reynolds

Hace más de una década, mi actual esposo, el diseñador Jonathan Adler y yo compramos una cabaña en forma de “A”, humilde pero cool en la isla Shelter, en Nueva York, a un ferry de distancia de The Hamptons, pero que psicológicamente nos permitía alejarnos mucho. Para nosotros, la casa era un espacio de retiro para el futuro en el que pasaríamos el resto de nuestras vidas tonteando en el patio felizmente. Pero, como suele pasar, las cosas no ocurrieron como esperábamos. Gradualmente comenzamos a sufrir lo que yo denomino el síndrome Jefferson: un intenso e irresistible deseo de mudarnos a otro sitio.

De este modo, hace cuatro años vendimos el inmueble y compramos una propiedad más grande frente al mar en el lado opuesto de la isla, con vistas panorámicas a la bahía de Gardinders y al Orient Point. El terreno nos habló: “Deben construir una residencia de un solo piso que sea una fantasía modernista y un retiro rústico en la playa”. Y ahora nos encontramos en ella. 

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Nuestra lista de deseos era sencilla: tres dormitorios, tres baños, una sala de estar abierta y un gimnasio, todo dispuesto alrededor de un patio interior. También teníamos algunas otras ideas, que incluían una fogata de piedra en el interior, tragaluces a gogó y un área de alberca estilo Palm Spings. Para llevar a cabo este esquema contratamos a Lisa Gray y a Alan Organschi del despacho de Connecticut Organschi Architecture, además del constructor de Hamptons Carlos Routh.

Como en un reality show, los proyectos arquitectónicos muchas veces conllevan suspenso, intriga y peleas terribles, pero en el nuestro sólo hubo entretenimiento. Fuera de una vez que me caí en el lodo que eventualmente serviría para construir la fosa séptica, hubo cero drama. Los arquitectos tenían espíritus afines a los nuestros y compartían nuestra pasión por las casas de Case Study, las casas de campo escandinavas y los materiales naturales. Routh aportó un entusiasmo incansable y una objetividad inteligente al trabajo.

Cuando nuestra escultural y rectilínea vivienda estaba casi terminada, nos inspiramos en una canción de los Rolling Stones y la pintamos de negro. Y esta decisión hizo que toda la isla hablara de ello. Uno de nuestros vecinos la comparó con el féretro de Darth Vader, un escándalo escalofriante. Debido a habíamos pasado algunas temporadas en Japón, Jonathan y yo habíamos observado estructuras de un solo nivel color carbón que se confundían con los jardines circundantes, así que confiábamos en que, con el paisaje adecuado, en nuestra vivienda ocurriría lo mismo.

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Con este fin, el visionario del paisaje local, Vickie Cardaro y el Buttercup Design Group colocaron tierra y arena importada alrededor de la casa, así como árboles agrupados, incluyendo enebros de Virginia, juníperos y pinos negros japoneses. En medio, franjas de conchas marinas mezcladas con hierbas ornamentales —festuca, coirón pluma y muhlenbergia capillaris, entre ellas—. Y así se fue conformando nuestro amado nido en la costa.

Jonathan, mientras tanto, se dedicó a la decoración, contrastando el austero exterior con interiores cálidos e idiosincráticos. El objetivo era obtener una mezcla del estilo bohemio de Big Sur y del hippie de Ibiza, dos de nuestros personajes favoritos. Para lograrlo, mezcló mobiliario y tapetes de su propio diseño con diversos descubrimientos vintage, desde un espejo en forma de estrella hasta lámparas de techo industriales y sillas de ratán suspendidas. Para el piso, eligió los azulejos de la cocina, la sala de estar y el dormitorio principal. También encargamos arte decorativo a varios de nuestros amigos. El pintor y diseñador John-Paul Philippe realizó un mural inspirado en las aves locales para la isla de la cocina, mientras que el escenógrafo Andy Harman confeccionó un búho de macramé gigante, el cual se encuentra ahora en la pared de cemento que separa la entrada del área de la televisión. Por mi parte, yo añadí algunas fotografías tomadas por amigos y colaboradores profesionales: una imagen cándida de una pasarela de Dior de Roxanne Lowit; un retrato de un concurso de belleza de niñas un poco retorcido, de Susan Anderson; el interior de un baño de una parada de autobuses, de Henny Garfunkel, y una foto de Jonathan y yo saltando de un yate en el Mediterráneo, de Jonathan Skow.

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Los toques finales son más sentimentales. Incluimos algunas curiosidades del estado de la abuela materna de Jonathan, que era súper chic, como una pintura al óleo de Robert Natkin y una escultura metálica colgante de procedencia desconocida a la que nos gusta llamar “Granny’s Dangler”. Después trajimos obras de arte del padre de Jonathan, Harry, cuyas pasiones artísticas absorben el tiempo en el que no trabaja como abogado y motivó a Jonny a que imprimiera sus huellas en barro cuando tenía 12 años. La suma de estas reliquias hace que el lugar se convierta en un hogar cálido.

En los días soleados de verano, Jonathan y yo hacemos paddleboard en frente de nuestro soñado refugio, mientras lo contemplamos con una mezcla de asombro y deleite. Resulta difícil imaginar que alguna vez volveremos a ser víctimas de síndrome Jefferson pero, ¡nunca digas nunca!