• Casas
  • Kitzia Nin Poniatowska
  • 16|06|2015
Guardían de Antigüedades
Esta es la residencia de Enrique Rivero Lake, anticuario, amante de la vida y el arte. Misántropo, hedonista y admirador de México y su cultura. Obviamente terrícola y guadalupano.
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Enrique Rivero Lake lo distinguen tres grandes cualidades: su respeto por la cultura en sus más diversas manifestaciones, un enorme amor por el arte y su irrevocable compromiso profesional como anticuario. Enrique vive buscando en México y en el mundo las piezas más bellas, exóticas y sofisticadas. Sabe que un verdadero anticuario sirve como facilitador. Tiene la obligación de encontrar para sus piezas a los guardianes que las preservarán las generaciones futuras. “A fin de cuentas, las piezas no son nuestras, son, por definición, atemporales y simplemente estarán con nosotros durante un tiempo hasta que pasen a otras manos, hasta que encuentren nuevos guardianes”, comentó.

El anticuario lleva las piezas y su pasión por ellas en la sangre: más de cuatro generaciones de apasionados anticuarios, desde el bisabuelo Enrique Cuesta Gallardo —alias el “Triquis”—, el abuelo Salvador Rivero Lake —quien ayudara a fundar y aumentar el acervo del Museo del Virreinato—, hasta el propio Enrique, quien desde que era un adolescente trabajó con su tío Rodrigo Rivero Lake, y se conviritió en un anticuario establecido, reconocido y consultado tanto por coleccionistas privados como museos.

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Con una maestría en Estudios de Arte por la UIA, inició sus primeros trabajos como decorador mezclando e implementando el bagaje genético de información de buen gusto, con la aplicación de espacios, contrastes e iluminación. Lo que empezó como algo lírico se fue consolidando con la experiencia y el aprendizaje, tanto teórico como práctico, además del don de saber identificar y admirar una pieza única cuando la encuentra.

En 2008, él y su futura esposa, la actriz Chantal Andere, encontraron esta casa, que les atrajo desde un inicio por tener buenos espacios, congruencia en su distribución y suficiente iluminación natural; un marco perfecto para albergar las piezas y colección de Enrique y, sobre todo, en donde se sintieran cómodos, disfrutando de un entorno arquitectónico que requirió el mínimo de trabajo más allá de la pintura, la iluminación y la propia decoración de la morada. El único requisito indispensable era que tuviera carácter, así como un jardín arbolado, lo cual era un must. “La casa la decoré yo”, afirmó Enrique Rivero Lake. “Claro, siempre con el ok de Chantal, quien en el fondo agradece que ésta sea una más de mis disciplinas”. Así, se puede apreciar el copete de una fachada de casa de la India, para darle un toque diferente.

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De igual modo, sobre la entrada principal, desde donde se distribuyen y se accede a los diferentes salones, la biblioteca o el comedor, se colocó un gran espejo para dar profundidad. Para dramatizar y acentuar aún más el efecto visual, se antepuso al espejo un magiscopio de Feliciano Béjar. Es con este tipo de detalles que Enrique rompe con lo convencional. “Me encantan los espejos, por lo que puedes apreciarlos en distintos puntos de la casa”.

El resultado de la decoración y del ambiente logrado es la genial mezcla de objetos, algunos heredados, como el convoy de servicio del comedor, o la mesa que vino desde Escocia. Varios objetos que formaron en otro tiempo parte de la colección de Chucho Reyes, un tradicional y laborioso ropero holandés de marquetería del siglo XVIII, porcelanas chinas blancas y azules o las sillas Barcelona de Knoll. En este proceso, Enrique siempre busca y acaba seleccionando piezas únicas de total calidad, preferentemente con una historia detrás. Es así como nos convertimos en guardianes o custodios de estas piezas para generaciones futuras.