• Casas
  • Adrian Von Moos, Gerber GMC
  • 29|06|2015
Marina Abramovic minimalista
El loft de SoHo de la artista del performance presume trazos proporcionados y detalles interesantes, que sacan el máximo partido del espacio en blanco.
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"Vivo sola, así que mi casa es una gran habitación para mí”. Marina Abramovic siempre quiso habitar un espacio abierto tipo loft, sobre todo en Nueva York. Esta ambición y un carácter determinado le permitieron lograr el objetivo de tener una vivienda en el corazón de SoHo que describe perfectamente su estilo excéntrico: compacto, minimalista y funcional fusionado con un toque retro de los años 50 y un tono contemporáneo. 

Esta carismática artista se mudó hace algunos años a una antigua fábrica de tejidos construida en la década de 1880. Sin embargo, en 2008 surgió la necesidad de remodelar el interior de su espacioso loft de SoHo, para lo que contrató al reconocido arquitecto Dennis Wedlick —quien también concibió su Star House, al norte de Nueva York—, para que se encargara de restaurarla de acuerdo a sus necesidades. La construcción de 300 metros cuadrados y techos de hasta 3.5 metros de altura duró cuatro meses y contó con la eficiente colaboración de ingenieros mecánicos y estructurales. Wedlick señaló que el proyecto debía llevarse a cabo en poco tiempo, pues muchos artículos se iban a construir fuera y tenían que instalarse rápidamente.

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Todos los interiores fueron eliminados, salvo la madera original, las vigas y columnas de acero y los aspersores contra incendios. Además, la puerta principal fue reutilizada y colocada nuevamente como referencia del pasado industrial del inmueble. “La idea era exhibir lo más posible la estructura original y agregar un baño, una cocina y un closet nuevos dentro de un cubo de vidrio limpio y moderno”, explicó Wedlick. El cubo de vidrio permite la entrada de luz natural durante el día. Por la noche, no obstante, la iluminación interior hace que el cubo brille desde adentro. El resultado es un refinamiento continuo de estilo impecable, elegante y moderno distribuido sobre un hermoso suelo de roble.

El loft de Marina Abramovic es su propio oasis urbano de relajación, el cual le proporciona el contraste perfecto para una vida llena de acción en una ciudad que recibe con los brazos abiertos al impulso físico y mental que requiere dedicarse al performance. Marina creció en la antigua Yugoslavia, un país que vivió la presencia estricta del régimen comunista y en donde una visión particular de la vida era restringida, así que se inscribió a la licenciatura de Pintura en la Academia de Bellas Artes de Belgrado. Marina Abramovic recuerda: “Yo me sentía diferente y quise dejar mi país natal”. De hecho, una sed de conocimiento cada vez más grande y una libertad de pensamiento la llevó a abandonar el sitio en el que vivió durante su infancia para conocer culturas divergentes. Se mudó a Amsterdam, enseñó y dio conferencias en Europa y América, incluyendo la Hochschule für Bildende Künste, en Hamburgo, y Beaux Arts, en París, y vivió entre monjes tibetanos y aborígenes australianos. Y así fue como se le abrieron las puertas de un futuro sumamente prometedor.

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Mientras tanto, ha sido pionera en la realización del performance como una forma de arte visual, mediante el cual ha expresado una profunda aversión hacia el comunismo a la vez que narra diversos episodios de largas jornadas en lugares remotos del mundo. La infatigable artista del performance expresó: “El mundo entero es mi casa. Yo funciono como una especie de puente entre diferentes culturas y tomo ideas de todos lados”. Nueva York es el escenario perfecto para que ella alimente una imaginación ilimitada que la lleva a la exploración de los límites físicos y mentales de su ser. Una gran variedad de inquietantes acciones simbólicas la llevan a soportar el dolor y el agotamiento en la búsqueda de una transformación emocional y espiritual.

Motivada por su obsesión por los monasterios y sanatorios, logró su misión al incorporar piezas que destacan la economía del diseño y dan como resultado una mezcla austera pero exquisita de mobiliario de los años 50 y contemporáneo. En realidad, Marina Abramovic siguió estrictamente los cánones del minimalismo, en el que se excluye la ornamentación llamativa con el fin de obtener la esencia de los objetos. 

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La propietaria expresó: “Soy una artista. Necesito cierto espacio vacío para proyectar nuevas ideas. No soporto la decoración innecesaria”. Aquí, sin ninguna ayuda externa, la prolífica creadora concibió un mundo artístico autorreferencial al construir un mosaico de secciones heterogéneas para conformar un hogar que refleje su mundo personal. La división del espacio se llevó a cabo mediante mamparas y puertas retráctiles hechas de madera con pintura de laca de alto brillo. “La firma de Dennis Wedlick fue de mucha ayuda, pero las decisiones fueron principalmente mías”, señaló Abramovic. Por ello, no sorprende que haya optado por un comedor monocromático y distribuido de forma simétrica, frente a una cocina con elementos más atrevidos de colores saturados, y la textura cálida y suntuosa de la madera al fondo. El mobiliario clásico incluye los sofás Lowland y Lowseat de Patricia Arquiola y un par de sillas Gio Ponti, los cuales le ofrecen comodidad y relax a la pensadora profunda, así como la posibilidad de recostarse y abandonarse a reflexiones intelectuales y artísticas.

Marina Abramovic demuestra que el arte y la vida son inseparables, lo que siempre le permite la creación de nuevos conceptos. Así, declaró con convicción: “El arte interfiere con la vida con tanta frecuencia que la vida misma se convierte en arte”.