• Casas
  • Ana Quiroz
  • 01|06|2015
Un excéntrico adorable
Una referencia obligada para el arte internacional, Pedro Friedeberg es el artista más publicado y constante que ha dado el arte mexicano.
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Pedro Friedeberg es un artista extraordinario, con un sentido del humor todavía más fino, un hombre divertido que se mantiene en perfecto estado físico y mental; con su ingenio juega con sus entrevistadores, su representante artístico y hasta con la cámara (su discurso es culto, con referencias históricas y es difícil ganarle en el debate). Él sabe que su nombre está escrito con letra de oro en la historia del arte contemporáneo mexicano, aunque no se asume como artista. Él dice que no sabe pintar y que él no habría podido intervenir la Capilla Sixtina, que él estudió dibujo arquitectónico y es lo que hace, dibujar con cierto atrevimiento.

Su carrera es prolífica; no deja de crear y siempre está en proyectos nuevos. Ahora más que nunca, su actividad se ha multiplicado y ha regresado con fuerza al circuito del arte contemporáneo, luego de que la época del minimalismo, a finales del siglo pasado, lo pusiera fuera de la jugada. En este momento, Friedeberg es parte fundamental del estilo ecléctico y el maximalismo; interioristas como Kelly Wearstler utilizan sus piezas de mobiliario escultóricas como parte de su diseño funcional, y los coleccionistas más avezados buscan sus originales para contarlos dentro de sus pertenencias. Sin embargo, Pedro sigue siendo simpático y modesto, y su mente es un misterio. 

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Para Pedro Friedeberg, los espacios en blanco sólo son una oportunidad para expresarse y llenarlos con líneas rectas  y curvas, con números, letras y símbolos. Su residencia es así, como uno de sus cuadros, está llena de color y de objetos que colecciona, no hay un tema en particular; pueden ser avioncitos, cartas o cajetillas de cerillos, todo lo que tenga un poco de diseño es valioso en la mente de Pedro Friedeberg. Hay arte en todos los espacios de la casa  y un salón azul dedicado sólo a la creación del artista, donde la geometría juega un papel fundamental. Si se pone atención, se descubren la delicadeza y la minusiocidad que él imprime a cada una de sus creaciones. Pedro ha utilizado un azul intenso en casi todas sus exhibiciones, pues considera que resalta las cualidades de su obra, y la habitación azul es uno de los primeros espacios a los que se accede en su casa.

Se trata de un museo en constante movimiento que se puede recorrer casi sin interrupciones, pues todas las habitaciones, a excepción de su recámara, tienen dos puertas; se ingrea y se sale por puntos opuestos, siguiendo un recorrido, como si se tratara de un laberinto. Hace 11 años Pedro compró esta casa en uno de los barrios más dinámicos y con carácter de la Ciudad de México, la colonia Roma, dos años después adquirió la casa contigua y las unió; respetó su arquitectura y le dio su toque único. 

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En este momento, Pedro trabaja en la creación de un tercer piso, que en realidad es la intervención más grande que han recibido estas viviendas originales de la década de los 30. El espacio favorito del artista es su biblioteca-estudio —en donde atesora libros antiguos de literatura en francés, inglés, alemán y de poesía—, la cual está en el segundo piso y es el área más privada de la residencia, antes de llegar a su recámara. Esta última ha sido forrada por espejos, y está inspirada en la casa de la risa de una feria que se ponía frente al monumento a la Revolución, según aseguró su autor. La cama es creación de Pedro Friedeberg y también está inspirada en una pieza de arte. Así es la residencia del artista, todo tiene un porqué y nada es casualidad. Por toda la vivienda se aprecian obras de arte de amigos y artistas que admira, como Bridget Tichenor o Leonora Carrington.