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  • Mayer Rus
  • 11|12|2014
Una línea distinta
En las afueras de Miami, Dee y Tommy Hilfiger hicieron equipo con el diseñador Martyn Lawrence Bullard para decorar un palacio policromo con vibrantes obras de arte y mobiliario groovy-chic.
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El diseñador estadounidense Milton Glaser afirmó una vez: “Existen tres reacciones ante una pieza de diseño: sí, no y wow! Wow es la que debemos esperar”. Tommy y Dee Hilfiger parecen apoyar esta noción. El magnate de la moda y su esposa se han establecido en una gloriosa extensión al norte de Miami en un hogar definido por momentos espectaculares, expresiones fantásticas e impresionantes efectos. En este caso, wow! podría resultar totalmente insuficiente.

“Estamos aquí por el clima, el sabor latino, el arte y las palmeras. La mayoría de nosotros nos encontramos aquí por la diversión”, explicó Tommy. La residencia también le ofrece una base cercana a su última aventura empresarial. Hilfiger, quien vendió su marca de moda hace varios años pero continúa siendo el diseñador principal, compró recientemente el hotel Raleigh, en Miami Beach, y planea restaurar esta gema del art déco a partir de 2015.

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Pero primero, él y Dee tienen que enfrentar su propio proyecto de remodelación. La casa que eligieron era una estructura moderna de 2007 que cuenta con mil 300 metros cuadrados. El tamaño era crucial, pues la pareja necesitaba espacio para las obras de su extensa colección de arte, que llevaba mucho tiempo guardada. “Nuestra casa de Conneticut tiene un estilo muy campirano, con mucha taxidermia, y la de Mustique tiene un ambiente colonial británico. Queríamos poder exhibir las coloridas obras de arte a gran escala que no quedaban bien en ningún otro lado, ya fuera por su concepto o por su tamaño”, explicó Dee refiriéndose a sus tesoros pop y postpop de Andy Warhol, Jean-Michel Basquiat, Keith Haring, Damien Hirst y Tracey Emin, entre otros.

Para convertir en realidad la morada energética y artística que habían imaginado, la pareja acudió al diseñador de interiores Martyn Lawrence Bullard. Como admiraban la facilidad que mostraba con las expresiones atrevidas y su manera de integrar el arte a los espacios domésticos —específicamente su trabajo en la residencia de Los Ángeles de Elton John y David Furnish— los Hilfiger contrataron a Bullard para que les ayudara a decorar una vivienda que estuviera en armonía con los ritmos y los colores de Miami. “Tommy y Dee obviamente tienen un increíble sentido de la moda, así que mi trabajo consistió en trasladar su visión a los espacios interiores para que fueran vibrantes y cautivadores”, aseguró Bullard. “Juntos, concebimos esta casa como una galería de arte, por un lado, y como una discoteca de los años 60 y 70, por otro”.

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El diseñador empezó por reemplazar los paneles de madera oscura que recubrían buena parte de la vivienda y las grandes superficies de travertino por paredes blancas lisas y pisos de azulejos blancos de vidrio para crear un aura prístina. Para lograr un contraste gráfico, se recubrió el cubo de la escalera central con mármol negro, una estrategia que también se empleó en las rayas blancas y negras del piso de la cocina. Una vez que el fondo estuvo listo, comenzó la carrera.

“Le dije a Martyn, ‘Si no es sexy o groovy, no entra en la casa’”, comentó Dee al describir su criterio para el mobiliario y los acabados. Fiel a su estilo, Bullard les mostró en viñetas una variedad caleidoscópica de colores, materiales y muebles que exudaban glamour y sex appeal.

El corazón de la casa es la espaciosa sala de estar, presidida por una pintura de dimensiones monumentales realizada por Warhol y Basquiat. Ignorando los anacrónicos preceptos que dictan que el arte debe estar aislado de la decoración, Bullard extrapoló los tonos vivos de la pintura a una orgiástica alfombra peluda de espléndidas espirales. También encargó réplicas de sofás clásicos de Vladimir Kagan y mesas laterales de Willy Rizzo para llenar este espacio. Para lograr el ambiente de discoteca decadente se requirieron piezas clave del diseñador estadounidense Paul Evans. En el comedor, sus sillas de espejo Cityscape complementan una mesa igualmente enérgica de diseño suyo, mientras que el dormitorio principal ostenta una brillante cama con dosel creada por él. Sin temor a resultar hiperbólico, Bullard decoró la cama con una enorme manta de lana de cordero que cae sobre una base cubierta por el mismo material, un homenaje a Betty Catroux, la legendaria encarnación del glamour parisino. Asimismo, tapizó las sillas del comedor de Evans con piel color cereza, las colocó sobre una alfombra con motivos en zigzag negros y blancos y envolvió la habitación con cortinas de malla metálica. “Es como un viaje en ácido que te lleva de Miami al Nueva York de los años 70 vía París”, comentó Bullard entre risas.

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Cuando se le preguntó si alguna de sus elecciones en cuanto a diseño cruza la línea de lo exagerado, Tommy respondió: “Tengo buenos recuerdos de los días de Estudio 54. Cuando Dee y Martyn se aparecieron con una enorme esfera de discoteca de un club de Capri, exclamé ‘¡Bienvenida!’”.

Con siete niños a su cargo, los Hilfiger querían estar seguros de que su refugio junto al mar resultara atractivo para las reuniones familiares. Con esta finalidad, Bullard creó una serie de habitaciones de lujo de colores y patrones llamativos —puntos amarillos gigantes, rayas rojas y blancas, espirales metálicas brillantes— y, quizás lo más lúdico de todo, papel tapiz de frutas rasca-huele (sí, con olor) en muchos de los baños de los huéspedes. Luego viene la oficina privada de Tommy, que remite a la marca Hilfiger con un mosaico de paneles azules y rojos con detalles blancos. Para subrayar el efecto, Bullard colocó una obra de Jean Dubuffet roja, blanca y azul en una de las paredes. Los profesionales ortodoxos del arte podrían criticar una ornamentación tan temeraria, pero ante las deslumbrantes habitaciones de los Hilfiger deben recordarse las palabras del legendario empresario del mundo del diseño de Miami, Morris Lapidus, quien resumió el tenor de la ciudad en el título de su autobiografía, en 1996: Demasiado nunca es suficiente.