Óscar Hagerman
Conoce a este creativo que se ha distinguido por un diseño y arquitectura magnífica, siempre al servicio de la humanidad.
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Se alejó de la ciudad, de la contaminación física y del alma, de la arquitectura monumental, de la superficialidad, de las torres que escalan el cielo, de proyectos urbanos, algunos fascinantes y otros marcianos, para construir escuelas, hospitales, maternidades, albergues, viviendas, puentes y muebles para que alfareros, carpinteros y otros artesanos puedan mejorar su vida. Hijo de padre sueco y madre gallega, Óscar Hagerman nació en La Coruña, España, en 1936 y vino a México cuando tenía 15 años. Desde que se recibió de la Facultad de Arquitectura en la UNAM, se alió a los que están cerca de la tierra y viven de ella, es decir, a los campesinos, a los indígenas y a los más pobres.

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Hagerman se hermanó con los hombres, sobre todo con los indígenas. “Los huicholitos”, como él los llama, son su familia, la tierra de su tierra, el brillo de su sonrisa. Sir Edward James escribió: “Mi casa tiene alas y a veces en medio de la noche canta”. Ante lo que Hagerman comentó: “Es muy bonita esta frase… Me gustaría que mi arquitectura tuviera alas para volar en el cielo de la realidad. La arquitectura debe ser un canto a la vida, el canto de los que la habitan, porque lo más hermoso es que el proyecto salga de la gente”. Antes que formas caprichosas y obras que alimentan el ego, el maestro de la arquitectura social, ha basado sus proyectos en la ergonomía y la antropometría. Para él, la arquitectura es un modo de crear armonías, mejor dicho, de tratar de conseguir armonías entre lo que uno es y el mundo de alrededor: el entorno, el paisaje, las tradiciones. Hagerman logra que lo imposible se haga realidad: dignificar a las personas y rescatar sus valores culturales con un sentido solidario y democrático.

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Así pues, al trabajar con grupos de artesanos, Hagerman se ha interesado en rescatar técnicas y materiales artesanales, integrando la situación sociocultural actual, la ecología y una investigación arquitectónica referente a la tipología espacial de las diferentes zonas en las que trabaja. “Nos enseñan a buscar formas originales, pero la riqueza más grande es hacer un mundo que le pertenezca a la gente y lo sienta suyo, porque eso es lo que da felicidad. Si tu casa no tiene que ver contigo es nada. En la escuela debería haber una materia que nos enseñara cómo relacionarnos, cómo comprender lo que la gente necesita, y para eso hay que aprender a escuchar. Los proyectos nunca están solos, siempre tienen un entorno, los acompaña un paisaje, una situación económica, una cultura, las costumbres de cada uno...”, aseguró Hagerman.

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El mobiliario, la más pequeña de las arquitecturas; una silla que cambia la vida. “Al salir de la universidad fui a trabajar a la cooperativa Emiliano Zapata en Ciudad Nezahualcóyotl, para quienes hice diseños de casi todas las piezas de una casa, comedor, sala, etc.”, y una de ellas fue la silla Arrullo para comedor que recibió un premio del Instituto Mexicano de Comercio Exterior. Como la silla del cuadro de Van Gogh. “Mi diseño tiene mucho que ver con ella, pero cuidé la comodidad y su fabricación, que fue muy sencilla. Los artesanos la copiaron y la empezaron a vender en las banquetas, en los mercados, en las carreteras”. Con el diseño de la silla Hagerman, el maestro descubrió que quería compartir su vida con su gente, sentarse junto a ella, calentarse las manos frente al fuego, guardar sigilo o hablar sin prisa de las jornadas diarias, simplemente adecuarse a su ritmo y vida.

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Para él la arquitectura no es una forma sino un servicio. Halló en el campo la tranquilidad y sencillez que no le podían ofrecer las agitadas calles de la ciudad. La tierra, la madera, la palma, el barro, las hojas y la hojarasca de los árboles son los materiales con los que siempre ha edificado con sus comunidades. El concreto, el aluminio, el vidrio y el plástico son la antítesis de su labor. Óscar Hagerman es un hombre entregado a su familia: los indígenas, los que viven en la sierra, los que no tienen techo, agua ni luz. El director de orquesta de la arquitectura más bella de la humanidad no tuvo temor a trabajar en situaciones precarias, tampoco a la iniquidad ni a la miseria. “Creo que he sido un arquitecto muy feliz, y esto es lo mejor que le puede pasar a uno en su trabajo profesional”.