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  • Redacción AD
  • 29|01|2016
La belleza de lo imperfecto
“Corpus” es la magna exposición que se encuentra en el Antiguo Colegio de San Ildefonso y reúne 48 piezas excepcionales del artista mexicano Javier Marín.
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El Centro Histórico de la Ciudad de México es uno de los mejor conservados de toda Latinoamérica. Caminar por la calle de Madero o Venustiano Carranza eriza la piel de quien sea al ver la tradición arquitectónica de la que goza México. El número 16 de Venustiano Carranza da acceso a una de las joyas arquitectónicas mejor conservadas, el Antiguo Colegio de San Ildefonso, una pieza magnífica de arquitectura barroca. Es aquí donde se presenta la exposición “Javier Marín. Corpus”, curada por el maestro Ery Camara, coordinador de exposiciones del Antiguo Colegio de San Ildefonso, la cual retoma el concepto de proceso como eje discursivo. Desde esta aproximación, la muestra invita al espectador a detener su mirada no sólo en la obra terminada, sino en los pasos intermedios entre la concepción y la realización de la misma, aspectos que delatan la técnica, la utilización de distintos materiales y, sobre todo, la idea del artista.

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Esta exposición forma parte del Proyecto Corpus Terra, presentado en tres sedes: el Palacio de Cultura Banamex (Palacio de Iturbide), la Plaza Seminario y San Ildefonso. La muestra reúne una cuidadosa selección de 48 obras producidas entre 1998 y 2015, las cuales incluyen esculturas e instalaciones de distintas dimensiones y materiales como el bronce, la madera, la resina de poliéster y mezclas de materiales orgánicos e inorgánicos, que reinterpretan la figura humana y revelan el gusto de Javier Marín por la experimentación. Distribuida en siete salas de la planta baja y los patios de acceso del Antiguo Colegio de San Ildefonso, las obras de Marín conviven con la arquitectura civil barroca novohispana de este recinto que aún conserva la impronta del muralismo mexicano.

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De esta forma, las esculturas de Javier Marín provocan en su recorrido pausas que revelan a los visitantes orígenes, recuerdos y destinos, sin la intención de prescribir un itinerario fijo, porque se extienden a la mirada del observador como una invitación a descubrirse, entre parajes poblados de ensueños y figuras, convulsionados por los caudales desenfrenados de la imaginación, que guían la secuencia de esta exposición.“Me interesa el vehículo que la escultura representa para acercarme a la gente que va a escuchar o tratar de entender o apreciar lo que yo hago. La figura humana es mi mejor aliado en eso. Creo que es una de las formas más identificables para cualquiera. Ejercer la libertad al máximo, la libertad que me da este trabajo que depende de mí, tiene que ver con tener la libertad de crear estos personajes que a lo mejor pertenecen a una raza fantástica”, comentó Javier Marín sobre su motivo artístico.
 

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A Marín le gusta la idea de ubicar la escultura en espacios y de crear las líneas de tensión. “Cuando ubico una escultura en una plaza, en el espacio público, tenemos ese lugar que es armónico, la gente lo conoce y lo reconoce todos los días. De repente, lo intervienes y creas un punto de tensión. Replanteas todo el espacio a partir de una presencia que rompe esa armonía y hace que te vuelvas a cuestionar, que veas el espacio de otra manera. La escultura se apropia de los espacios, es capaz de generar atmósferas nuevas en donde creíamos que todo estaba totalmente entendido. Haces vibrar el ambiente de manera diferente con tu intervención”, aseguró el escultor, y resulta evidente que esto sucede en los patios del Antiguo Colegio de San Ildefonso, en donde permanecerá la obra de Javier Marín hasta el 20 de marzo de 2016.