Pintar el silencio
Guillermo Fornes ha creado un trabajo que invita al espectador a contemplar desde un lugar atemporal.
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Para tener un primer acercamiento a la obra de Guillermo Fornes habría que tomar en cuenta el contexto de su producción. Nacido en España, Fornes es, de manera inevitable, heredero de una de las tradiciones pictóricas más sólidas del siglo XX. Específicamente, el movimiento que se da en Europa en la segunda mitad del siglo en la pintura como medio de expresión, crea una base sólida y abre caminos nuevos en tanto que libera al arte gráfico y lo convierte en un medio de experimentación fértil. La pintura se libera del peso de su propia tradición. Si bien es cierto que después de la Segunda Guerra Mundial la mirada y el mercado del mundo se vuelcan al arte de los Estados Unidos, Europa —y específicamente España— sigue produciendo obras de altísimo nivel, particularmente en el campo de la abstracción o de la neofiguración, en donde sin duda ubicaríamos a Fornes. El lienzo se convierte en un campo de experimentación, en conducto del gesto y, en el caso de Guillermo Fornes, en testimonio del paso del tiempo, de la memoria, en un mundo en el que ya no hay nada nuevo que representar.

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Si la mayoría del arte de nuestro tiempo se ha vuelto estridente y evidente para captar nuestra atención y distraerla de la pantalla de un teléfono celular, hay algunos pocos artistas que han optado por el camino opuesto y usado el arte, y específicamente a la pintura, no como escaparate del frenesí, sino como testimonio silente de la alquimia, del paso del tiempo y del soñar. En el caso de Guillermo Fornes, su obra parece dividirse en dos grandes cuerpos de trabajo. En el primero, netamente abstracto, el color y el sedimento son los principales vehículos para la creación. En estas pinturas, el autor parece no querer existir; más que dejar huella de su propia expresión, quisiera que las obras fueran registros del tiempo, sedimentos de la realidad. Los medios de experimentación son varios y van desde el pigmento puro sobre la tela hasta la resina y, más recientemente, una serie de dibujos hechos con pólvora, que sólo dejan la huella eterna de su instantánea combustión.
 

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En otro cuerpo de obra, el dibujo aparece con fuerza generando un alto contraste sobre fondos en sepia que insinúan la figura humana. Son un homenaje al dibujo en su forma más pura. Su significación queda abierta y, en todo caso, apuntan mediante un lenguaje cifrado y de códigos, las notas de un viejo alquimista que no quiere olvidar. Como lo ha afirmado el respetado crítico español Fernando Castro Flores, Fornes es un pintor de lo diáfano, sabedor de que lo más profundo es, al mismo tiempo, la piel y el aire. Por medio de su “imaginario acuático” realiza un intenso elogio de lo visible que parece desafiar a todos los que pretenden cercar el mundo con palabras. Su obra, de una admirable seriedad pictórica, sedimenta un sentimiento de plenitud vital y transmite euforia. La pintura abre corporalmente el mundo y nos hace, en todos los sentidos, videntes.