Frida en el jardín de su entrañable Casa Azul
En México se dice que nacer y morir en el mismo lugar es una bendición. Frida Kahlo lo hizo en la casa, donde creció, creó y amó a Diego Rivera.
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Entre sus paredes se respira cultura, sabiduría, intensidad, pasión y arte. “¿Qué haría yo sin lo absurdo y lo fugaz?”, se preguntaba Magdalena Carmen Frida Kahlo Calderón (México, 1907-1954) en las páginas de su diario. Y la respuesta la tiene la Casa Azul, repleta de las inconmensurables extravagancias que la artista atrapó e inmortalizó a lo largo de su intrincada e intensa vida.

Aquí nació, creció y murió, y aquí en sus rincones permanecen sus cuadros, dibujos o nombres pintados en los muros, algunos trazados por albañiles cuando Frida apenas podía andar sin corset, muleta o bastón debido a la poliomielitis que sufrió en la infancia y a un grave accidente de autobús en su juventud.

También hay obras de Diego Rivera —su gran amor—, Paul Klee, Modigliani, Orozco o Duchamp; una colección de retratos anónimos del siglo XIX, arte popular, juguetes —la pintora los adoraba— y muñecas diseñadas por ella.

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Enclavado en Coyoacán, uno de los barrios más antiguos, bellos y culturales de la Ciudad de México, el caserón de 800 metros cuadrados fue construído en 1904 por Guillermo Kahlo, padre de la pintora, a la usanza de entonces: un exterior muy afrancesado y, en el interior, un patio central flaqueado por las habitaciones. El progenitor, un inmigrante judío alemán, había adquirido cierto estatus trabajando como fotógrafo oficial del régimen de Porfirio Díaz y, por ello, con la llegada de la Revolución lo perdió todo, incluida la casa. En 1929 Frida se casó con Diego Rivera. Ella tenía 21 años y él, 46. El célebre muralista pagó la hipoteca y recuperó la vivienda (se divorciarían en 1939 para volver a renovar sus votos un año después y permanecer juntos hasta la muerte de ella).

Juntos pintaron la casa del famoso azul que le da nombre, muy típico de México. Con la llegada del político exiliado León Trotski, quien vivió́ con ellos una temporada en 1937, adquirieron más terreno (hoy alcanza los mil 200 metros cuadrados) para plantar un jardín y levantar una tapia con el fin de proteger al revolucionario ruso de cualquier atentado.

Unos cuantos años más tarde, en 1946, Rivera le encargó al arquitecto Juan O’Gorman (que ya había proyectado la Casa Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo en el barrio de San Ángel) que construyera un taller para Frida en la antigua cochera. Lo hizo en su línea funcionalista mexicana con materiales autóctonos como la piedra volcánica o el basalto, utilizados por los aztecas en las pirámides y sus esculturas ceremoniales. Diego decoró el exterior con arte popular, colocó plafones con mosaicos y llenó las paredes de caracolas y jarros empotrados para que sirvieran de palomares. Y hoy la encontramos tal como la dejaron entonces.

Desde 1958, la Casa Azul y su frondoso patio son el museo custodio del universo más íntimo de la artista, donde se contemplan obras suyas tan relevantes como La vida (1954), Frida y la cesárea (1931) o Retrato de mi padre Wilhem Kahlo (1952).

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Antes de tomar las riendas de la institución, Hilda Trujillo, directora de esta icónica vivienda desde 2003, era de las (muchas) personas que pensaban que Frida es sólo un mito comercial. Pero al sumergirse en su mundo y en sus inquietudes personales y de creadora, su opinión cambió radicalmente. “Lo intervenía todo, era inteligente e ilustrada”, subrayó. Rasgos de su personalidad que la curadora intenta transmitir en las exposiciones, ediciones y actividades que organiza. “No sólo mostramos a la mujer que sufría, que estaba enferma y a la que Diego engañaba, sino al personaje que fue admirado por Trotski, André Breton, Pablo Picasso e Isamu Noguchi”.

Diego y ella eran muy cercanos; ambos tenían otros amores y él era muy celoso; ella lo pasaba mal. Lo suyo era una auténtica pasión tormentosa. Frida estaba enamorada de Rivera y enamorada del amor. “¿Se pueden inventar verbos? Quiero decirte uno: yo te cielo, así mis alas se extienden enormes para amarte sin medida”, le escribía.

Era vanguardista, feminista precoz, inquieta intelectualmente y transgresora. En un tiempo en que las mujeres llevaban abrigos de piel y sombreros de plumas, ella vestía como una indígena y lo hacía con mucho orgullo, junto a los collares, brazaletes y anillos que tintineaban a su paso. Este apego a sus raíces lo trasladaba a sus composiciones: no sabía dibujar perspectivas (carencia muy habitual en el arte popular mexicano), así que recurría a los colores vivos y se fijaba en los exvotos como inspiración a pesar de que no era creyente.

En sus óleos nada es casual, todo está estudiado y hay figuras muy recurrentes como los venados, los monos, las células o las plantas. De hecho, Frida estudiaba libros de botánica para documentarse.

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En el jardín de la Casa Azul coleccionó una gran variedad de cactus y otras especies vegetales mexicanas que son fácilmente identificables en sus trabajos. Lo cierto es que Kahlo nunca se había planteado ser artista, sencillamente no lo pudo evitar.

De pintar óleos en platos de aluminio, poco a poco fue transformando su vida tomándose como modelo. “Me retrato a mí misma porque paso mucho tiempo sola y porque soy el motivo que mejor conozco”, escribió. Tenía un espejo sobre la cama, en la que pasó postrada mucho tiempo por su enfermedad y su accidente, y de allí salieron una gran parte de sus autorretratos. “No sé si mis pinturas son o no surrealistas, pero de lo que sí estoy segura es que son la expresión más franca de mi ser”, explicaba.

En México se dice que nacer y morir en una misma casa es una bendición. Frida lo hizo, pero sería muy arriesgado decir que estuvo bendita. Su casa es todo lo que ella amó. Tuvo sus idas y venidas, pero siempre regresaba a la Casa Azul, su refugio de dolor, de amor, de soledad y de creación.

“Espero alegre la salida y espero no volver jamás”, fue lo último que escribió en su diario. Pero de visita en su casa-museo hay algo que deja intuir que la mexicana, más libre y ágil que nunca, sigue allí.