Un refugio personal en Coyoacán
Mauricio Rocha dio vida al estudio de su madre, la fotógrafa Graciela Iturbide, a partir de una estructura de ladrillos rojos.
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Arquitectura: Mauricio Rocha

Hay familias en las que la creatividad y el gusto por la estética parecen correr por las venas de sus integrantes y, sin lugar a dudas, este es el caso de la fotógrafa Graciela Iturbide y su hijo, el arquitecto Mauricio Rocha, quienes, además de destacar por su obra individual, han realizado proyectos en común.

A principios de los 90, por encargo de su madre, el arquitecto desarrolló el proyecto de su casa habitación en el Barrio del Niño Jesús, Coyoacán, en la Ciudad de México. “Para mí fue muy importante porque era una primera experiencia, y eso me ayudó a decidir seguir haciendo arquitectura en vez de irme a estudiar una maestría en cine. Como mi madre me dio una gran libertad para hacer su casa, encontré en la arquitectura una oportunidad de expresión increíble”, recordó Rocha.

Veinte años después, madre e hijo repitieron la mancuerna creativa cuando encontraron un pequeño terreno a unos pasos de su casa. “Ella quería que le hiciera un estudio, que en realidad es su archivo personal, que le permitiera recibir gente y trabajar en la edición de sus fotografías, así como tener un poco más de separación entre su casa y su lugar de trabajo”, explicó.

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Rocha desarrolló el proyecto teniendo en mente el uso del ladrillo como protagonista de la obra, inspirado en las creaciones de arquitectos como Carlos Mijares, Eladio Dieste, Rogelio Salmona y Solano Benítez.

"Yo había trabajado muy poco con el ladrillo y me pareció un reto importante. Es un material que se ha utilizado por cientos de años con experiencias fantásticas en diferentes épocas, y en el estudio siempre nos ha interesado reinterpretar los materiales de manera contemporánea”, afirmó Rocha.

Una característica particular de este estudio surge a partir de los grandes muros de ladrillo, los cuales se extendieron a partir de los tres metros de altura a manera de celosías que contribuyen al paso fluido de la luz y el viento. “Es un gran contenedor que respira, porque pasan el viento y la luz, de manera que penetra lo intangible, pero al mismo tiempo esta contención abstrae del mundo externo y permite estar en un universo propio”, expresó el arquitecto.

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Sin lugar a dudas, una de las piezas esenciales del espacio es el gran librero, de nueve metros de altura por 17 de largo, dispuesto en el lado oriente del inmueble.

“Era clarísimo que había que construirle un espacio en el que fuera posible que ella lo alimentara de su mundo. Mi madre tiene un gran gusto, y no hablo de decorar, sino de impregnar de objetos de culturas diferentes que hablan de la riqueza humana y de los momentos que ha vivido y de los viajes que ha hecho”, concluyó Rocha.