• Casas
  • Gabriela Estrada
  • 08|05|2019
Descubre una residencia rural llena de herencia en España
En la plaza central de Villalba, emerge una casona rural que rescata el legado arquitectónico de la región.
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ARQUITECTURA E INTERIORISMO: LUCAS Y HERNÁNDEZ-GIL
FOTOGRAFÍA: JOSÉ HEVIA

Villalba de los Barros es un pequeño pueblo del sur de Extremadura que se asoma entre viñedos y frondosos barrancos, en la comarca denominada Tierra de Barros, en España. Se trata de una enorme extensión de campos de vides a lo largo de un paisaje suavemente ondulado que destaca por el color rojo intenso de las tierras arcillosas que le dan nombre.

Sobre la planicie sobresale la torre del antiguo castillo de Villalba, una construcción colosal que se vislumbra en el horizonte del poblado, rodeada por pequeñas casas encaladas. Una de estas pintorescas moradas –quizá la más singular– fue erguida en el siglo XVIII, justo en la plaza central. Ésta fue el punto de partida del proyecto concebido por el equipo creativo Lucas y Hernández-Gil, fundado por los arquitectos Cristina Domínguez Lucas y Fernando Hernández-Gil.

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La antigua casona de dos niveles posee una configuración típica de la época, con tres crujías de muros de carga y bóveda extremeña en la planta baja, que se abre a la plaza de entrada por un lado y a un pequeño patio por el otro. Este nivel resguarda el área social, que está compuesta por un extenso vestíbulo, sala, cocina, comedor y patio. Se recuperaron los espacios originales y se incluyeron nuevas aperturas hacia el patio y entre las estancias, para abrir así perspectivas y conseguir mayor luminosidad.

Lucas y Hernández-Gil acudieron a alfareros de la zona para que fabricaran artesanalmente nuevas piezas del piso de barro original que se había perdido por completo. De textura y vibración similar a las antiguas losetas, sólo la disposición diagonal e irregular de los dibujos, en referencia con los techos, permite diferenciar cuáles son nuevos. Este ladrillo artesanal se extiende también en el exterior, adorna el patio y continúa hasta el borde de la pequeña alberca que se ha construido para refrescarse en los calurosos días de verano.

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El trabajo de carpintería también destaca en la residencia, tanto por la cuidadosa restauración de los elementos originales —ricamente decorados—, como por el trabajo en las nuevas puertas, ventanas y sus herrajes.

El conjunto de tres dormitorios amplios se descubre en la planta alta, en un antiguo desván que se usaba como almacén. Este nivel fue rediseñado casi por completo, sin
embargo, mantuvieron la escala, los acabados y el mobiliario para preservar la atmósfera y el carácter singular de la casa. A pesar de su estética en comunión con el pasado, la casona está dotada de instalaciones modernas para asegurar el confort. Para conseguirlo, los arquitectos tuvieron especial cuidado tanto en el uso de materiales como de sistemas de climatización, considerando la sostenibilidad en línea con la lógica que la propia arquitectura vernácula representa. “Nuestro objetivo y el mayor logro en este proyecto ha sido fundir nuestra intervención con la arquitectura preexistente en un proceso de desocultación, desvelamiento en el que nuestra mano casi desaparece para que cada elemento encuentre su orden natural. Su expresión verdadera”, puntualizó el equipo de Lucas y Hernández-Gil. 

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