• Cultura
  • Alejandro I. López
  • 24|12|2019

Marcelino Vicente y la figura del diablo en las artesanías mexicanas

La historia de Marcelino Vicente es la de una tradición irreverente y colorida en el arte popular mexicano: los diablos.

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Los relatos de Ocumicho, Michoacán, varían y al mismo tiempo enriquecen la tradición oral, pero todos coinciden en un punto: Marcelino Vicente fue la primera persona en diseñar un diablo, la pieza insignia de la localidad purépecha de apenas 3 mil habitantes.

Descrito comúnmente como un alfarero con una destreza excepcional, con manos finas y una capacidad innata para moldear el barro –oficio entonces inédito para los hombres–, Marcelino Vicente cambió la producción de silbatos, alcancías y juguetes en forma de muñecas y animales por la creación de diablos y otros seres monstruosos.

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Según los pobladores y el mito que se reproduce en Ocumicho, la inspiración del artista popular para crear sus icónicas piezas llegó una vez que en una barranca apareció una criatura diabólica que se presentó ante él y le pidió plasmar su aspecto: “Mírame bien, así estoy para que así me haces esas figuras”, recoge el relato popular.

Aunque se desconocen más detalles de su vida, excepto que murió joven en una pelea de cantina a finales de los 60, las piezas de Marcelino adquirieron relevancia y sus diablos forjaron una tradición que transformó el diseño de alfarería en el pueblo, otorgándole identidad y relevancia en el imaginario popular.

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De colores vivos y rostros expresivos, estos seres adoptaron rasgos propios de la iconografía cristiana como cuernos, cola y colmillos, que se conjugan con elementos locales y la creatividad de cada alfarera, dando como resultado diseños únicos. Los monstruos, lagartos, dragones y otras criaturas fantásticas también forman parte de la narrativa plástica de Ocumicho.

En 1964, los diseños de Marcelino Vicente fueron presentados en la Feria Mundial de Artesanía en Nueva York, una plataforma que dio a conocer el diseño purépecha en todo el mundo e incentivó el apoyo gubernamental a los creadores de la región.

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El impulso provocó que las demás alfareras comenzaran a imitar las figuras de Marcelino Vicente y las temáticas se expandieron, enriqueciendo aún más la tradición.

Actualmente los diablos aparecen en situaciones variadas que van desde la sátira política hasta representaciones de escenas infernales, oficios, o bien, composiciones de monstruos con grandes fauces que acompañan a un diablo mayor mientras se deslizan sobre su cuerpo.

A raíz del auge de las artesanías y la presencia cada vez mayor de visitantes extranjeros y dependencias de gobierno para comprar piezas, se comenzaron a moldear diablos en actividades deportivas, pasajes bíblicos o como personajes erotizados.

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También se crearon diseños inspirados en momentos históricos y otros que emulaban íconos del arte nacional, como la obra y apariencia de Frida Kahlo o la Catrina de José Guadalupe Posada; sin embargo, las alfareras reconocen que estos tópicos son diseñados para un público ajeno a Ocumicho y mantienen en una mayor estima los diablos típicos de la región.

A diferencia de otras latitudes donde la figura del diablo resulta eminentemente maligna y carece de espacio de representación artística, en México este personaje reviste un carácter satírico e irreverente. Se trata de un elemento fundamental en nacimientos y pastorelas, retomado en el arte popular a través de máscaras, pinturas, figuras grotescas y otros diseños. 

La tradición iniciada por Marcelino Vicente se mantiene hasta hoy gracias a las mujeres alfareras de Ocumicho, mientras sus diablos dan cuenta de una figura presente en el imaginario popular que lejos de causar miedo, es motivo de orgullo para el diseño popular mexicano.

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