• Cultura
  • Ulises Sánchez Romero
  • 17|01|2020

Ruta de la Amistad, el circuito arquitectónico que muestra un sentido inclusivo y cósmico de la raza humana

A más de 50 años de la Ruta de la Amistad, este circuito con un sentido de unidad coloca a México como referente incuestionable en el arte del siglo XX.

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Más de medio siglo ha transcurrido desde que se realizaron los Juegos Olímpicos de México 68 y con ellos, el corredor escultórico más grande del mundo: la Ruta de la Amistad, con más de 17 km de longitud. Sus 22 obras representan a las diferentes culturas de los cinco continentes que participaron durante las olimpiadas en 1968, proyecto a cargo del célebre escultor Mathias Goeritz, autor de las Torres de Satélite en colaboración con Luis Barragán en colaboración con el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez ícono de la arquitectura modernista del país. 

Ambos compartían la idea de la arquitectura emocional, en la que el sujeto está directamente relacionado con la obra que interviene su espacio. No se trata sólo de qué tan funcional resulta el espacio en el que se vive, sino cómo éste se relaciona con la esencia más fundamental del ser humano. Por esta razón, sería un proyecto que para interconectar a las naciones, pero también a los habitantes de la ciudad con su espacio habitable.

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La obra debía dar a conocer una faceta fraternal de México durante la justa deportiva a pesar de la coyuntura política tan delicada que se vivió a lo largo de ese año, había una motivación particular por generar un sentimiento universal de unión y esperanza a través del arte, unificando a los países participantes con el deporte y usando la expresión artística como eje rector. Como resultado, se pidió a los artistas más reconocidos de la época como; Calder, Fonseca, Escobedo, Takashi, entre otros, que crearan una estructura de gran formato en la que utilizaran materiales pesados, como el concreto, para lograr composiciones monumentales que pudieran ser apreciadas de manera peatonal como dentro de un automóvil.

Las creaciones estarían expuestas de manera permanente en lo que en ese entonces eran las afueras de la ciudad; serían las obras y el espacio, y nada más. Con esta visión se lanzó la convocatoria a los continentes que participarían en los Juegos Olímpicos. Al final, se mandó una escultura por cada país y se juntaron 19 piezas que se distribuirían a lo largo del anillo periférico sur.

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Este corredor artístico se convirtió en símbolo tangible y perpetuo de la amistad entre los pueblos del mundo y el mexicano; una alianza deportiva y expresiva que colocaría a las olimpiadas de 1968 más allá de un evento deportivo en un esfuerzo colectivo de las naciones por dar origen a un acontecimiento cultural.

Cada pieza obedece un orden lógico de los escenarios olímpicos que se utilizaron en esa ocasión y por esa razón, también siguen un patrón estético; todas están hechas de concreto, obedecen a una composición lineal y están pensadas para representar valores humanos universales, entre los que destacan la paz, la armonía y la fraternidad entre naciones, basadas en la abstracción para dar un sentido inclusivo y cósmico de la raza humana con colores primarios y formas rígidas, compartiendo una unidad estética irrefutable que les confiere fuerza específica como una misma propuesta artística.

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Las emblemáticas esculturas fueron abandonadas durante 25 años y desde 1994, el Patronato México 68 se ha dado a la tarea de rescatar y restaurar las obras representativas del arte moderno. En 2013 la ruta fue modificada, reubicando las piezas en el trébol vial localizado en Insurgentes y Periférico.

En 2012 el complejo escultórico fue incluido en la lista del programa World Monuments Watch, que publica la organización World Monuments Fund (WMF) con sede en Nueva York y en el marco del 50 aniversario de los Juegos Olímpicos México 68, el Gobierno de la ciudad, a través de la Secretaría de Cultura, declaró al conjunto escultórico como Patrimonio Cultural Tangible de la CDMX. Actualmente, el patronato busca convertir estas esculturas en Patrimonio Artístico de la Nación.

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Las 14 piezas que conforman el circuito son complementadas por 8 restantes, localizadas en Viaducto Tlalpan y Periférico. Algunas de las esculturas que podemos encontrar son el Sol rojo del estadounidense Alexander Calder, actualmente ubicada en la explanada del Estadio Azteca y Osa mayor de Mathias Goeritz, que se conserva en el Palacio de los Deportes.

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